Sin embargo, como en toda larga historia de amor, también hubo momentos de zozobra. La tremenda exigencia física y mental le pasó factura en algunas etapas, perdiendo la titularidad en segundas vueltas complicadas o sufriendo el peso de los años en choques de máxima velocidad. El punto más amargo de su trayectoria llegó en Segunda División durante un tenso partido en casa contra el Oviedo; en medio de un clima de enorme crispación social y con los ánimos encendidos, Iza anotó un gol y recriminó las críticas a la grada llevándose la mano a la oreja. Aquel error monumental rompió temporalmente un idilio que parecía inquebrantable y dejó una cicatriz evidente en su relación con la afición, coincidiendo con una etapa en la que el propio jugador reconoció no haber estado bien mentalmente.
Por fortuna, el fútbol siempre da revancha a los grandes profesionales. Iza supo reconducir la situación con madurez, recuperando su estabilidad psicológica y volviendo a ser ese pilar indiscutible del que siempre te podías fiar sobre el verde. Su trágico desenlace de amarillo, salvando un gol en la misma línea de meta a costa de una gravísima lesión de rodilla, es el fiel reflejo de lo que ha sido su carrera: un futbolista que se dejó literalmente el físico por este escudo hasta el último minuto. Desde aquí solo podemos mirar atrás con perspectiva, perdonar los días grises y aplaudir con profundo cariño a un lateral de época que dignificó el orgullo gaditano en cada carrera. ¡Gracias por todo, Iza!