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11/10/2017 - Antonio González escribió:
A Pedrito en el Real Jaén se le conoció como Pedro, y en la temporada 61/62 no jugó ningún partido oficial.
 

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Ibáñez



Ibáñez será siempre recordado como uno de los jugadores más exquisitos que han pasado por el Cádiz. Procedente del Athletic de Bilbao, fue en Carranza donde por fin se consagró como futbolista y donde desarrolló la mayor parte de su carrera, mostrando una excelente visión de juego, y una gran habilidad para el disparo, especialmente en las faltas (y eso que tenía por delante a Carvallo). Junto al chileno y a Eloy formó una media que todavía hoy se añora, y para redondear, tras retirarse ha permanecido en Cádiz, donde se encuentra de maravilla.

EQ. TEMP. EQUIPO CAT PJ G
68-69 ATHLETIC BILBAO 1ªDIV. 4 1
69-70 ATHLETIC BILBAO 1ªDIV. 6 1
70-71 ATHLETIC BILBAO 1ªDIV. 7 1
71-72 ATHLETIC BILBAO 1ªDIV. 0 0
72-73 ATHLETIC BILBAO 1ªDIV. 2 0
73-74 CÁDIZ 2ªDIV. 36 2
74-75 CÁDIZ 2ªDIV. 35 6
75-76 CÁDIZ 2ªDIV. 22 3
76-77 CÁDIZ 2ªDIV. 37 15
77-78 CÁDIZ 1ªDIV. 33 8
78-79 CÁDIZ 2ªDIV. 20 0
79-80 CÁDIZ 2ªDIV. 30 4
80-81 RECREATIVO HUELVA 2ªDIV. 14 0

Ricardo Ibáñez Conde, nace el 5 de octubre de 1949 en Luchana, una pedanía del municipio vizcaíno de Baracaldo, muy próximo a Bilbao. Desde muy temprana edad se enamoró del balón, con el que pasaba largas horas jugando en la calle casi desde que aprendió a andar. Como él mismo afirma, “yo hasta dormía con la pelota”.

Lo que empezó siendo una afición que rayaba la obsesión, comenzó a tornarse en algo más serio cuando en Baracaldo, ingresó, a la edad de seis años, en el colegio La Salle, y ahí, en el equipo del colegio. Coincidiría ahí con Javier Clemente, algo que ocurriría más veces en el futuro. Allí empezó ya a destacar en las ligas con otros colegios, y pronto se pudo ver que se trataba de un chaval de esos que juegan “diferente”, de esos que tenían un algo especial que pocos afortunados poseían.


67-68 Athletic Juvenil (ver también a Clemente)


A pesar de que la edad de juveniles no empezaba hasta los 15 años, a él con uno menos ya lo ficharon para el equipo de Altos Hornos, un club vinculado a una de las muchas fábricas de Vizcaya. El salto era ya de importancia, pues Ibáñez empezaría a conocer más de cerca una verdadera competición, y el que sería su gran problema en los años venideros, su talón de Aquiles: su débil físico. Ibáñez rememora con sorna que “la primera vez que fui a jugar con el equipo de Altos Hornos, y me puse aquellas grandes botas, me caí al suelo”.

No obstante, su calidad se impuso a todas las adversidades. En una tierra donde la cantera es fundamental y una auténtica filosofía de fútbol, alguien de sus cualidades no podía pasar desapercibido mucho tiempo. Tras dos años en el equipo de la fábrica, Itiño lo llamó para una prueba con el Athletic de Bilbao. Ibáñez no estaba muy convencido de que tuviera muchas posibilidades de éxito, pero acudió a la prueba. Sabía que allí se probaban cientos de jugadores cada año, y no esperaba estar entre los elegidos. Su sorpresa fue mayúscula cuando los técnicos, tras verle desplegar su excelente habilidad por el centro del campo y su potente disparo, le ofrecieron firmar un contrato para la siguiente temporada con los leones, a lo que Ibáñez accedió de inmediato.

La carrera de Ibáñez pudo sin embargo pudo haber sido muy distinta. Habiendo rubricado ya su compromiso con los rojiblancos, pero aún formando parte del equipo de Altos Hornos, fue a Madrid a jugar un campeonato de escolares juveniles. Los vizcainos obtuvieron el título, en parte gracias a su destacado papel. Tanto fue así, que los ojeadores del Real Madrid, presentes en aquella competición, quisieron incorporarlo a la casa blanca. Ibáñez explica que renunció porque “yo tenía mi vida en Bilbao, mi familia e incluso, a pesar de ser tan joven, ya tenía novia entonces. Yo pertenecía a Bilbao, y no quería irme de allí. Aunque no hubiera tenido nada firmado con el Athletic, habría denegado la oferta”.

Al año siguiente, ingresa ya en el club de San Mamés, y mediada la pretemporada, lo llaman a él y a otros compañeros (entre los que nuevamente se encontraba Clemente) a que entrenen durante la semana con el primer equipo. Ibáñez no cabía en sí de gozo y sorpresa cada vez que iba a jugar con los que eran sus ídolos: Iribar, Uriarte, Rojo…Todavía esta temporada no debutaría con el primer equipo, pero para Ibáñez ya era un sueño encontrarse allí.

Su evolución era imparable (en su primera y única temporada como juvenil en el Athletic llegó a marcar la escalofriante cifra de 80 goles, su equipo pasaba por encima de cuantos rivales se le ponían por delante), aunque seguía teniendo una asignatura pendiente: su fortaleza física. Aquel año de juveniles, con 17 años, apenas pesaba 56 kilos. La situación era tal, que los técnicos bilbainos decidieron enviarlo una temporada (junto a otros cuatro compañeros) a La Rioja para seguir un plan específico de entrenamiento para ganar peso y fuerza.

No obstante, su técnica hablaba por sí sola, y tras llegar mejorado de La Rioja, con 19 años, firma ya su primer contrato profesional, pasando a formar, en la temporada 68-69, del primer equipo de todo un Athletic de Bilbao. Aunque como es de imaginar, su primer año en La Catedral no fue fácil. Por delante de él estaba Rojo y Uriarte, y eso era mucha competencia para un jugador aún joven e inexperto. Primero con Piru Gainza en el banquillo no llegó a disputar ni un solo minuto. Posteriormente, esa misma temporada, Rafa Iriondo sí empezó a contar con él. El 23 de marzo de 1969 hace su debut en Primera División, en un derby frente a la Real Sociedad en Atocha. Jugaría aquel primer año ocho partidos: cuatro de ellos en liga, uno en UEFA (el estreno fue agridulce: marcó, en cuartos de final, el dos de abril, frente al Glasgow Rangers, pero faltó un gol más para poder pasar la eliminatoria) y otros tres en Copa, donde también marcó otro gol, frente al Zaragoza el 4 de mayo.

71-72 en el Athletic 76-77 en el Cádiz


Sería la primera de una serie de cinco temporadas en el club vasco, donde por desgracia para él, nunca terminó de asentarse. La oportunidad nunca llegaba, o cuando lo hacía, no era de forma constante. Ningún entrenador se decidió nunca a apostar por él, y cuando tras la temporada 72-73, tras haber disputado únicamente 19 partidos en todo un lustro, habló claro con la directiva bilbaína: o recibía una mejora sustancial de su ficha, o estaba decidido a probar suerte en otro sitio. A pesar de tener aún contrato en vigor, los rectores del Athletic no quisieron entorpecer su marcha, por lo que recibió la carta de libertad.

Ibáñez empezó entonces a moverse para encontrar un nuevo destinto donde poder triunfar. Fueron varias las ofertas que estuvo manejando entonces, la mayoría de ellas para jugar en Primera (Celta, Español, Levante, …). Sin embargo, se decidió a firmar por el Cádiz. Esta es, en las propias palabras del jugador, la explicación: “durante mi etapa en el Athletic, uno de los entrenadores que tuve fue Ronnie Allen, que tuvo de segundo a García Andoain, que posteriormente se sentó en el banquillo del Cádiz. Cuando éste supo que me marchaba del Athletic, me recomendó mucho que me fuera a Cádiz, que allí podría triunfar.” El consejo Andoain pesó mucho en la decisión de Ibáñez, que recibió una llamada del entonces presidente cadistas, Gutiérrez Trueba, con el que firmó su nuevo contrato. Ibáñez aún era joven (24 años) y estaba convencido de que no había dicho su última palabra en el fútbol. Que razón tenía.

Ibáñez desembarcó en Cádiz con la ilusión de un chaval que está empezando, y en cierta manera para él era así. Estaba más consolidado que en sus comienzos (“en mis primeros partidos como profesional no sabía ni donde ponerme”), y decidido a convertirse en jugador fundamental. En Cádiz lo esperaba Domingo Balmanya, al que conquistó enseguida. El que fuera seleccionador nacional contó con el recién llegado enseguida, completando así un verdadero equipo de ensueño, uno de los mejores que el Cádiz ha tenido nunca, y que tenía en sus filas a nombres como el mismo Ibáñez, Carvallo, Eloy, Bocoya, Cenitagoya, Machicha o Baena (pichichi aquel año en Segunda). Con estos mimbres, no es de extrañar que Carranza disfrutara de una campaña sensacional, no sólo en resultados, sino en fútbol, con un juego vistoso y bonito que cautivó a una afición, muy exigente por aquellos tiempos, a la que había que ganarse para que acudieran al campo. Por desgracia, el ascenso se escapó de entre los dedos, finalizando el Cádiz en quinto lugar.

Ibáñez fue uno de los principales responsables, como va dicho, junto a Carvallo y Eloy, del buen juego desplegado y del trofeo pichichi de Baena. Para el vasco fue un cambio radical: de pasar a jugar apenas 2-3 partidos por temporada, a ser titular indiscutible, participando nada menos que en 36 encuentros. Su explosión fue tal, que (las vueltas que da la vida), el Athletic de Bilbao se interesó por él para repescarlo. Ibáñez (al que aún le quedaba un año de contrato con el Cádiz) habló entonces con su presidente: él estaba encantado en su nuevo club y con su vida en Cádiz, pero si el club amarillo iba a sacar provecho con su venta, estaba dispuesto a regresar a su tierra. Trueba no tuvo ninguna duda: el Cádiz quería subir a Primera, e Ibáñez era esencial para ese propósito. No hubo nada más que hablar.

Por desgracia, aquella temporada, la 74-75, tampoco se culminó con el ansiado premio. Más allá de eso (a pesar de terminar quintos en la clasificación final) en el club se produjo un terremoto que comenzó con la destitución de Barinaga como entrenador (que sería sustituido por Juan Arza), y terminó con la dimisión de Gutierrez Trueba como presidente, que sería reemplazado por Alonso. El único al que le salieron bien las cosas aquel año fue a Ibáñez, que nuevamente fue inamovible del titular, y que además anotó seis tantos. Para entonces la afición ya lo conocía como “Pulmón Ibáñez”, y es que, como va dicho, además de tener una habilidad innata, el de Baracaldo se dejaba hasta el último aliento en cada partido.



La temporada 75-76 fue la peor de todas en la larga etapa de Ibáñez vistiendo la camisola amarilla. La inestabilidad institucional trajo consigo unos pésimos resultados deportivos, en los que seguramente influiría la menor presencia de Ibáñez en el equipo aquella campaña, sólo 23 partidos jugados. Incluso se llegó a decir en la prensa que tras esta temporada, Ibáñez llegó a tener puesto el cartel de “transferible”, y que algún sector de la afición no tenía muy claro que siguiera mereciendo su concurso en la medular cadista. Por fortuna, la cordura reinó en la directiva, y el jugador bilbaíno permaneció en el equipo, para demostrar en muy poco tiempo, cuan equivocados estaban aquellos que le habían retirado su confianza.

A veces es mejor dar un paso hacia atrás, para coger carrera y dar dos hacia delante. Eso fue lo que parecieron hacer el Cádiz e Ibáñez. La temporada siguiente, la 76-77, ya con Manuel de Diego en la presidencia, el Cádiz arrasa en la competición, y concluye segundo en la liga, tras el inolvidable partido ante el Terrasa, por lo que consigue así su histórico primer ascenso a Primera. Hubo muchos responsables de esta proeza, y sin duda Ibáñez fue uno de ellos. No sólo jugó 37 de los 38 partidos de la liga: además, anotó nada menos que 15 goles, un registro espectacular, que Ibáñez nunca más igualó ni de lejos en sus trece años como profesional.

Como todos sabemos por desgracia, los amarillos pagaron la novatada en Primera, y no pudieron defender la categoría que tanto esfuerzo había costado conseguir.
Ibáñez pasó todavía dos temporadas más con los amarillos, en las que nuevamente volvió a ser pieza clave del equipo.

Es al final de la temporada 79-80 cuando se produce la triste salida de Ibáñez del club que le había permitido disfrutar como profesional. Ibáñez, ya convertido en jugador veterano y peso pesado del vestuario, participó activamente en la creación de la AFE y en las huelgas que perseguían unas mejores condiciones para él y sus compañeros de profesión. Esto fue un estigma que le marcó, y que le costó abandonar el club, tras recibir una oferta de renovación muy a la baja, que casi se podía considerar un despido encubierto. Fue una despedida amarga a siete temporadas (y más de 200 partidos en liga vestido de amarillo) de éxito rotundo en lo personal, y muchos a nivel colectivo. Su juego fue siempre tan exquisito (jamás daba una patada) y eficaz, que todos los veranos se especulaba con la posible marcha de Ibáñez a equipos de superior categoría (en una ocasión el Barcelona estuvo cerca de ficharlo), pero Ibáñez siempre prefirió permanecer en Carranza.

Ibáñez, con 31 años cumplidos, no se resignó a dejar el fútbol, y fichó por el Recreativo de Huelva, reclamado desde allí por Roque Olsen, que ya había tenido la suerte de tenerlo como pupilo suyo anteriormente en el equipo amarillo. Allí volvió a demostrar sus cualidades, y se hizo con un hueco en el once inicial de los partidos del club Decano. Sin embargo, en un partido contra el Tenerife, Ibáñez sufrió una gravísima lesión de rodilla, rompiéndose el ligamento cruzado, y los dos meniscos. El golpe anímico fue demoledor, si bien Ibáñez intentó levantarse.

Marchó a Madrid para ser tratado por el que entonces empezaba a ser ya médico conocido del mundo del fútbol, el doctor Guillén. Éste no fue muy optimista al principio, pero a pesar de haber cumplido ya los 32 años y sufrir una lesión muy grave, Ibáñez estaba ya corriendo cuando sólo habían pasado tres meses del trauma. El galeno casi no podía creer lo que veía, en lo que sin duda era una recuperación casi milagrosa.

Sin embargo, en Huelva no lo vieron igual, y no quisieron arriesgar a prorrogar el contrato a un jugador que con la treintena superada, había pasado por tan grave trance. Surgieron entonces ofertas de otros equipos como Alavés o Granada, pero ni la duración de los contratos ni las cantidades eran muy satisfactorias, e Ibáñez decidió colgar las botas. Cualquier pensaría entonces que empaquetó sus cosas y retornó a su tierra natal, pero como se dice popularmente en Cádiz, Ibáñez era de esos gaditanos que habían nacido “donde les dio la gana”. Se estableció en Cádiz, donde continúa a día de hoy.

Tras abandonar la práctica del fútbol, hizo algunos pinitos como entrenador de juveniles (llegando a ganar el campeonato de Andalucía), pero tras estas experiencias decidió alejarse definitivamente del fútbol y entregarse a su otra pasión, el tenis. Actualmente regenta un club de padel y tenis, y es entrenador de dicho deporte.

Termina así la biografía de un jugador genial en el campo, un centrocampista de pases imposibles, elegancia en el toque, gran velocidad, lanzador de faltas impecable, con espíritu de sacrificio, que jamás se escondía cuando había que defender, y sin embargo,  tremendamente deportivo (era muy raro verle golpear a un contrario). Por tanto, uno de los jugadores más técnicos de que han podido disfrutar los aficionados cadistas en 100 años de historia, y enamorado para siempre de Cádiz y sus gentes.




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  Creación ficha:  01/07/2007
  Última actualización:  01/07/2007
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